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Claves para salvarnos de la infoxicación

 Por Néstor Estévez.


Alguien podría creer que hay un error en el título de este escrito. No, no se ha cometido falta alguna. Desde hace algunas décadas existe el término infoxicación. Algunas personas también hablan de “infobesidad”.


Con infoxicación se hace referencia a la sobreinformación que existe, y la imposibilidad de centrarse en una información concreta, o de profundizar en ciertos datos debido al continuo bombardeo que existe en los medios. Alvin Toffler abordó el tema en 1970, en su obra “Future shock”.


Más recientemente otros estudiosos hablan sobre la sociedad hipercomunicada. Hacen referencia a eso de que ahora “todos comunicamos para todos”. El asunto es que, ahora, cualquiera dice cualquier cosa, y mucha gente le cree y hasta ayuda a difundir el más “soberano disparate”.


Ahora vivimos tiempos de muy profundos y acelerados cambios. A eso se agrega que, hoy como ayer, la información es clave para el avance. Las personas informadas aumentan su capacidad para tomar atinadas decisiones.


Otra característica que tiene la información es que otorga poder. En el caso de la ciudadanía, contar con adecuada y oportuna información abre la oportunidad para que sepa cómo es gobernada, y para que pueda hacer que sus gobiernos rindan cuentas por sus decisiones y acciones. 


Por eso es que resulta oportuno hacer conciencia sobre el valor de la información, a propósito de que el 28 de septiembre ha sido escogido para promover la importancia del acceso a la información. La decisión se origina en el hecho de que el 17 de noviembre de 2015, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró el 28 de septiembre como Día Internacional del Acceso Universal a la Información.


En seguimiento a esa iniciativa de la UNESCO, y tomando en cuenta que varias organizaciones de la sociedad civil y organismos gubernamentales en el mundo han adoptado y celebran actualmente este Día Internacional, la Asamblea General de la ONU también adoptó el 28 de septiembre como Día Internacional para el Acceso Universal a la Información.


Esta conmemoración abre la oportunidad para hacer más evidente una penosa y peligrosa realidad: vivimos en una sociedad hipercomunicada, pero también con mucha gente desinformada “informando”. Eso hace imperativo y cada vez más urgente aprender a gestionar los mensajes para evitar la infoxicación.


Urge retomar los estudios de Harold Lassuwell. Así, con ayuda de su paradigma, encontraremos apoyo y orientación en preguntas como: ¿Quién dice qué? ¿Por dónde lo dice? ¿Por qué lo dice? ¿A quién se lo dice? ¿Cuál es el efecto de eso que dice?


Entonces ocurre que, independientemente de que estemos emitiendo o recibiendo mensajes, esas preguntas son determinantes para los resultados de lo que hagamos al comunicar.


Valdría preguntarse: cuando leemos, vemos o escuchamos un mensaje que nos llega por cualquiera de las denominadas redes sociales, ¿quién aplica el paradigma de Lasswell? ¿Te haces aquellas preguntas o simplemente das riendas sueltas a tus sentimientos y hasta a tus acciones? 


Vamos ahora con “la otra cara de la moneda”. Cuando vas a enviar o a reenviar algún mensaje, ¿te haces aquellas preguntas? ¿Mides las posibles consecuencias de lo que estás haciendo? 


Urge apoyarnos en John Dewey, para asumir la comunicación como “soporte de la sociedad”. Urge volver a Sócrates. Así, con ayuda de su triple filtro, otorgaremos prioridad a los mensajes en función de criterios como verdad, bondad y utilidad.


Con esas ayudas daremos el mejor uso al derecho universal que tiene toda persona para “buscar, recibir y difundir información”. Así aprenderemos a cuidar el contenido de lo que escuchamos o vemos. También aprenderemos a calcular el tiempo que dedicamos a cada tipo de mensajes, así como a fijar objetivos y determinar los contenidos y las formas que nos ayudarán a lograrlos.


Así y solo así lograremos salvarnos de la infoxicación. Así y solo así garantizaremos sociedades saludables e inclusivas.