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De Haití, percepción y realidad



Por Néstor Estévez.


Como se sabe, los seres humanos tenemos grandes limitaciones. Entre ellas destaca la gran dificultad para distinguir entre percepción y realidad. Y lo más penoso es que muchos de los más aventajados han abusado de la confusión que genera esa frontera difusa.


Las relaciones entre dominicanos y haitianos no han escapado a esa confusión. Revisando algunos acontecimientos ocurridos en la segunda isla más grande de Las Antillas podremos encontrar episodios muy esclarecedores.


La vida holgada de aquellos habitantes de finales del siglo XV se vio interrumpida por quienes se empeñaron en imponer su criterio, aunque ello implicara –como implicó- exterminar a quienes habitaban la isla. Les tomó muy pocos años imponer el criterio de quien se asumió dueño del destino de personas a las que consideraron inferiores. ¿Percepción o realidad?


Los desentendidos entre dos países hegemónicos de aquel momento repercutieron en la isla que se había convertido en punto de partida para un mundo renovado, más grande y rico del que hasta ese momento se conocía en Europa. Primero abrió las puertas a piratas y filibusteros, y luego implicó partir la isla en dos. Volvió a imponerse el criterio de quienes miraban con alta dosis de desprecio a este lado del mundo. ¿Percepción o realidad?


Ya a principios del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo había enseñado, en El príncipe, que si divides aumentan considerablemente las posibilidades de dominar y vencer. Claro está que una pequeña y remota isla caribeña no representaba, al menos en aquel momento, un objetivo a combatir y vencer. Sin embargo, aunque sea como efecto colateral, la división aumentó su vulnerabilidad.


Luego de dividida, temas como la amenaza que representaba la afiliación de una de las partes o la necesidad de alguien que la protegiera sirvieron como justificación a acciones que van desde invadir hasta anexar. Luego de dividida, comenzando el siglo XX, primero la parte occidental y luego la parte oriental, fueron invadidas por el país que, a la sazón, se asumía con vocación para heredar a los antiguos imperios.


Aplicando otras enseñanzas del Viejo Mundo, durante la dictadura trujillista se acoge la tesis de las ventajas de contar con un enemigo externo. De uno y otro lado de la frontera esa lógica sirvió (y sigue sirviendo) para despertar ciertas pasiones cada vez que alguien (con gran influencia) lo necesita para lograr algún propósito.    

 

Pero también encontramos hitos que son reflejo de relaciones que van desde la colaboración hasta la admiración entre las partes de la isla dividida. “Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recogiendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores y veo cómo los vence y como sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente”. Así se expresa el Padre de la Dominicanidad.


“Di la palabra, hazte ciudadano del mundo, / asume su dolor, su llanto, sé sufragante de su estatura, / aún hay tiempo, di la palabra: Que los hambrientos comprendan que la vida les pertenece”. Así se expresa, quien ofrendara su vida en defensa de la constitucionalidad dominicana, el poeta combatiente Jacques Viau Renaud, en su obra “Permanencia del llanto”.


Quizás lo descrito por el poeta cuenta con la misma fuente que ha inspirado que, como el buen vecino, la República Dominicana haya sido la primera en decir presente ante catástrofes como la provocada por el desolador terremoto de enero de 2010 y en otras múltiples ocasiones. 


En esa misma línea se ha de rememorar que el único proyecto que logró restaurar la Independencia Dominicana fue el liderado por el general Santiago Rodríguez, con el concurso de Haití. A orilla del río Los Almácigos, el 6 de marzo de 1863, dijo el veterano luchador independentista: “Una derrota, a hombres como nosotros, no nos arredra. Yo propongo ir a Haití, fortalecernos y regresar para terminar con esta afrenta de la anexión”.


Sigue pasando el tiempo. Han pasado siglos. Pero todavía no hemos logrado aprender de lo que Maquiavelo explicó en El príncipe. Todavía nos entretienen con una “enemistad” que sirve para intimidar y para disfrazar reales (y hasta perversos) intereses a uno y otro lado de la frontera (además de los remotos). ¿Percepción o realidad?


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